Embarazo Perdido
Cada día, es doloroso. Despertarse y recordar que debo respirar, es doloroso. El paso del tiempo sin ti, lo es. Acaricio aquel lugar en donde tu deberías estar, y no te encuentro. Y diría que siento que es mi culpa, pero no es así… siento que algo más podría haber hecho para ayudarte, o, al menos, algo para haber, yo misma, sabido que algo como esto se aproximaba. La falla fue de tu organismo, yo no te expulsé… pero aun así, sin jugar a los culpables e inocentes, siento ese sabor metálico y amargo en la boca, nauseabundo. No me importa nada, más que tu no estás aquí.
No tengo fuerzas, y me aferro a la manga del saco que quien, hace segundos, dormía a mi lado, comienza a ponerse.
- No vayas… -, le susurro.
- Debo ir, o no tendré el asenso. -, responde, casi frío.
Lo suelto, y sin siquiera mirar atrás, sale del cuarto.
Quedo sola, completamente sola, y ahogada en un mar de llanto que no logra nacer. Que no logra nacer, como lo nuestro.
El celular suena, una y otra vez, mientras que mi cordura flaquea.
“¿Cómo estás?”, “¿Quieres que nos reunamos?”, mensajes de personas que apeas conozco, mensajes de personas que considero amigas, incluso mensajes de personas que, molestas, reclaman algún tipo de actitud de mi parte… pero lo más importante, es que son mensajes de personas, personas que no son tú, y no son él. Y yo no sé qué hacer.



